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Suponga que usted recibiera un regalo, algo que realmente le gustara. Claro, usted se sentiría muy alegre de recibir el regalo y quizás disfrutaría muchísimo de usarlo. Pero realmente sería una muestra de ingratitud si pensara solo en el regalo, y no en el dador del obsequio. ¿No fue la relación personal entre usted y el dador lo que impulsó a éste a hacer el regalo? Si no existiera dicha relación, usted no habría recibido el regalo ni habría disfrutado de él. Lo mismo aplica a la vida. Por preciada que sea, tenemos que tener presente de dónde provino nuestra vida y cómo se ha sustentado. Ciertamente no la creamos nosotros mismos, ni podemos sustentarla independientemente de todas las maravillosas provisiones que Jehová ha hecho en la Tierra (Salmo 100:3; Hechos 14:17). El mismísimo hecho de que tengamos vida, y sin duda estamos disfrutando de la vida hasta cierto grado, es una expresión de la bondad amorosa del Grandioso Creador, Jehová Dios. ¿Podemos ver por qué creía de todo corazón el rey David que la “bondad amorosa [de Dios] es mejor que la vida”? Hay otra razón por la cual el tener una relación aprobada con el Creador es más importante que tener vida... nuestro futuro depende de ello