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En la congregación cristiana, los ancianos y los superintendentes viajantes llevan la delantera en lo que respecta a apreciar a cada miembro individual del rebaño de Dios. La suya es una posición difícil, pues también tienen la grave responsabilidad de disciplinar en justicia, reajustar con espíritu de apacibilidad a los que yerran y ofrecer consejo firme a los que lo necesitan. ¿Cómo equilibran estas diferentes responsabilidades? (Gálatas 6:1; 2 Timoteo 3:16.)

 

El ejemplo de Pablo es de gran ayuda. Él fue un maestro, un anciano y un pastor sobresaliente. Tuvo que tratar con congregaciones que tenían problemas graves, y no se retrajo por temor de dar el consejo firme que se requería. (2 Corintios 7:8-11.) Un repaso del ministerio de Pablo indica que utilizó la reprensión moderadamente, solo cuando la situación lo requería o aconsejaba. De este modo demostró sabiduría piadosa.

 

Si se compara el ministerio del anciano ante la congregación con una pieza musical, la reprensión y la reprimenda serían como una sola nota que armoniza en el conjunto. Esta nota está bien en su debido lugar. (Lucas 17:3; 2 Timoteo 4:2.) Pero imagínese una canción que solo contuviera esa nota, repetida una y otra vez. Pronto nos molestaría al oído. De modo similar, los ancianos cristianos intentan dar una enseñanza completa y variada. No la limitan a corregir problemas, sino que su tono general es positivo. Al igual que Jesucristo, los ancianos amorosos buscan primero lo bueno para dar encomio, no las faltas para criticar. Aprecian el trabajo arduo que hacen sus compañeros cristianos. Tienen la confianza de que, en general, cada uno está haciendo todo lo que puede para servir a Jehová. Y los ancianos siempre están dispuestos a expresar este sentimiento con palabras. (Compárese con 2 Tesalonicenses 3:4.) 

En los niveles altos de las montañas alpinas de Europa crece un resistente arbusto bajo llamado rododendro o rosa de los Alpes, formando a menudo densos matorrales  que se desarrollan a ras de suelo para protegerse de los fuertes vientos. El implacable azote del viento amenaza la existencia de la flora alpina, ya que reduce su temperatura, seca el aire y el terreno, y arranca las plantas de raíz. La rosa de los Alpes consigue evitar los estragos que causa dicho elemento, pues vive en las grietas de las rocas. Aunque tal vez no cuente con mucha tierra, las fisuras la resguardan del viento y le permiten conservar el agua. Permanece prácticamente oculta  a la vista durante la mayor parte del año, pero en verano decora su refugio de montaña con flores de color rojo intenso. El profeta Isaías dijo que Dios nombraría “príncipes” y que cada uno serviría de “escondite contra el viento” (Isaías 32:1, 2) Bajo la dirección del Rey, Cristo Jesús, estos príncipes en sentido espiritual, o superintendentes, serian como rocas sólidas, firmes en época de tensión o sufrimiento. Ofrecerían refugio confiable ante la adversidad y ayudarían a los necesitados a salvaguardar sus reservas de agua espiritual procedente de la palabra de Dios. Las ráfagas de la persecución, desanimo o enfermedad quizá zarandeen al cristiano y, si no se protege, pueden marchitar su fe. Los ancianos cristianos prestan amparo cuando escuchan con atención los problemas, aconsejan basándose en la Biblia y dan aliento o ayuda práctica. Al igual que el Rey nombrado, Jesucristo, anhelan cuidar de quienes han estado “desparramados”. (Mateo 9:36) Y desean atender a los que se han visto afectados por los vientos de la enseñanza falsa (Efesios 4:14) Tal asistencia al tiempo oportuno puede ser decisiva.  

Hasta en el caso de los ancianos cristianos se suscitan discusiones acaloradas. (Compárese con Hechos 15:37-39.) En tales ocasiones, las disculpas logran mucho bien. ¿De qué ayuda dispone el anciano, u otro cristiano, si le cuesta pedir perdón? La clave es la humildad. El apóstol Pedro dio este consejo: “Cíñanse con humildad mental los unos para con los otros”. (1 Pedro 5:5.) Es cierto que en la mayoría de las disputas ambos implicados comparten la culpa, pero el cristiano humilde se preocupa por sus propias deficiencias y está dispuesto a admitirlas. (Proverbios 6:1-5.) Quien recibe las disculpas ha de aceptarlas con humildad. Para ilustrarlo, supongamos que dos hombres que se hallan en lo alto de dos montañas han de comunicarse. Hay demasiada distancia para hablar. Pero si uno de ellos desciende al valle y el otro lo imita, logran conversar con facilidad. Así mismo, si dos cristianos tienen que resolver sus diferencias, cada uno debe tener la humildad de bajar al encuentro del otro en el valle, por así decirlo, y presentar las excusas oportunas. (1 Pedro 5:6.) 

El patriarca Jacob fue otro conocido pastor. Se consideró responsable personalmente de cada oveja encomendada a su cuidado. Atendió tan fielmente los rebaños de Labán su suegro que, después de veinte años a su servicio, Jacob pudo decir: “Tus ovejas y tus cabras no sufrieron abortos, y los carneros de tu rebaño nunca comí. El animal despedazado no te lo llevaba a ti. Yo mismo sufría la pérdida de él. Si uno era hurtado de día o si era hurtado de noche, de mi mano lo demandabas”. (Génesis 31:38, 39.) Los superintendentes cristianos demuestran un interés aún mayor que ese en las ovejas que el Pastor de nuestras almas, Jehová Dios, “compró con la sangre del Hijo suyo”. (Hechos 20:28; 1 Pedro 2:25; 5:4.) Pablo recalcó esta responsabilidad de peso cuando recordó a los hebreos cristianos que los hombres que llevan la delantera en la congregación “están velando por las almas de ustedes como los que han de rendir cuenta”. (Hebreos 13:17.) El ejemplo de Jacob también muestra que la labor de pastor no está limitada por el tiempo. El pastor trabaja día y noche, y suele ser abnegado. Jacob le dijo a Labán: “Ha sido mi experiencia que de día el calor me consumía, y de noche el frío, y el sueño huía de mis ojos”. (Génesis 31:40.)

Esto es muy cierto en el caso de muchos ancianos cristianos amorosos de hoy, como lo ilustra la siguiente experiencia: Un hermano fue ingresado en la unidad de cuidados intensivos de un hospital debido a las complicaciones que le sobrevinieron después de habérsele practicado una biopsia para examinar un tumor cerebral. Su familia quiso estar cerca de él en el hospital día y noche. Un anciano de la localidad arregló su apretado horario para visitar todos los días al enfermo y su familia con el fin de dar el apoyo moral y ánimo necesarios. Pero debido a los tratamientos intensivos a los que estaba sometido, no siempre era posible visitarlo durante el día. De modo que el anciano tuvo que ir a menudo al hospital muy tarde por la noche, lo que hizo con gusto noche tras noche. “Me di cuenta de que tenía que hacer las visitas cuando fuera conveniente para el paciente, no conveniente para mí”, dijo el anciano. Cuando el hermano se recuperó lo suficiente y fue trasladado a otra sección del hospital, el anciano siguió visitándolo y animándolo todos los días. 

Cuando un hombre se está ahogando, pide socorro a gritos instintivamente, y lo hace sin ninguna vacilación. A nadie se le tiene que instar a pedir ayuda cuando la vida peligra. ¿No pidió la ayuda de Jehová en muchas ocasiones el rey David? (Salmo 3:4; 4:1; 5:1-3; 17:1, 6; 34:6, 17-19; 39:12.) De igual manera, cuando nuestra espiritualidad se debilita y quizás nos sumimos en la desesperación, oramos a Jehová y le suplicamos que nos guíe mediante su espíritu santo. (Salmo 55:22; Filipenses 4:6, 7.) Buscamos el consuelo de las Escrituras. (Romanos 15:4.) Consultamos las publicaciones cristianas de la Sociedad Watch Tower para encontrar consejo práctico. Muchas veces estas ayudas nos permiten resolver nuestros propios problemas. No obstante, si estos nos agobian, también podemos buscar el consejo de los ancianos nombrados de la congregación. De hecho, puede que haya ocasiones en que verdaderamente tengamos que ‘llamar a los ancianos’