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La imperfecta naturaleza humana, debido a ser lo que es, está más dispuesta a odiar que a amar y por eso la mayoría de las veces, cuando los hombres odian, el odiar ciertamente es necedad. El odio es necedad cuando nos controla en vez de controlarlo nosotros. Es necedad cuando se basa en la ignorancia, en la mentira, en el prejuicio, cuando es irracional (cuando desafía la razón). El odio se puede asemejar al fuego. El fuego puede servir para muchos buenos propósitos cuando está bajo control. Pero cuando se desboca, ¡qué estrago puede ocasionar en destrucción de vidas y propiedad! 

Cuando gritamos y clamamos encolerizados, con frecuencia no se realiza lo que buscamos, porque tendemos a provocar a la otra persona a responder del mismo modo. Por ejemplo, suponga que usted va conduciendo su automóvil y otro conductor hace algo que le molesta. En respuesta, usted le grita y le toca bocina. Muy fácilmente esto pudiera impulsar a la otra persona a desquitarse. A veces, situaciones como esta han terminado en una tragedia. Por ejemplo: En Brooklyn, Nueva York, un hombre perdió la vida al implicarse en una riña por un espacio de estacionamiento. La Biblia subraya el problema cuando dice: “El hombre dado a la cólera suscita contiendas, y cualquiera dispuesto a la furia tiene muchas transgresiones”. (Proverbios 29:22.) ¡Cuán prudente es seguir este consejo: “No devuelvan mal por mal a nadie. [...] Si es posible, en cuanto dependa de ustedes, sean pacíficos con todos los hombres”! (Romanos 12:17, 18.) 

No es honrado prometer en falso deliberadamente, lo que podría asemejarse a firmar un cheque sin fondos. Pero, cuando cumplimos nuestras promesas, ¡cuántas recompensas y bendiciones recibimos! Una de ellas es la posibilidad de disfrutar de una buena conciencia (compárese con Hechos 24:16)